Autor: Staff
El Conde de Montecristo llega a las 6:30
Infinito Amor cumplió su primera semana en el horario
de las 6:30 de Las Estrellas. Es la nueva telenovela de Salvador
Mejía, adaptación de la portuguesa Amar Demais (2020). El libreto es
de Katia Rodríguez Estrada y Doménica Tarello, en coadaptación
con Alberto Aridjis y Carolina Mejía Lartilleaux.
Por si alguien se perdió, aquí va el resumen de la semana.
Cristina (Livia Brito) y Ariel (Gonzalo García Vivanco) se aman
con un amor infinito (por algo se llama así la novela), pero Leandro (Alberto
Casanova) odia a Ariel con un odio igual de infinito. Arsenio (Josh Gutiérrez)
mata a Leandro y, como no podía ser de otra manera, el acusado termina siendo
Ariel, quien justo necesitaba lana para curar a su mamá. Amanda (Marjorie de
Sousa), la viuda de Leandro, trabaja para Arsenio, porque en la Ciudad de
México solo existen unas siete personas y todas se conocen. Cristina tiene una
hija de Ariel y la llama Rosario. Celia (Jéssica Coch) pierde a la suya y, en vez de llorarla,
decide que la bebé de Cristina le queda perfecta, se la roba y la rebautiza
como María, porque en el pueblo nadie se fija en esos detallitos. Cristina,
claro, cree que su hija murió. Pasan los años y Arsenio no solo se casa con
Cristina, la novia del hombre al que mandó a la cárcel, sino que además es
amante de Amanda, la viuda del hombre al que mató. Todo queda en familia. Y
para cerrar con broche de oro, Ariel sale de prisión después de quince años, da
unos pasos en una ciudad de más de 20 millones de habitantes y se topa en la
calle, de entre todos los niños posibles, con Ari (Damián Rangel Ayala),
el hijo de Cristina y Arsenio.
Un circo de tres pistas (o de diez)
Hay que reconocerlo: Infinito Amor entretiene. Los
capítulos no dan respiro, y en una semana avanzó lo que otras telenovelas
resuelven en un mes. El problema es que el ritmo frenético viene acompañado de
un tono muy cirquero. Cada capítulo agrega una desgracia, un secreto o un
personaje nuevo, como si los escritores temieran que el público se aburriera
dos minutos.
La base es puramente El Conde de Montecristo. Un
joven humilde encarcelado por un crimen ajeno, años de encierro, la amada
casada con uno de los responsables de su desgracia y un regreso que promete
ajuste de cuentas. Hasta los diamantes que le dejan a Ariel, funcionan como el
tesoro de la isla.
El problema es que encima de Dumas pusieron
muchísimas subtramas: la hija cambiada, la mamá perdida, la hija abandonada que
busca a su padre, el tráfico de diamantes, una banda estilo Robin Hood y
la herencia pendiente de la madre de Ariel. A eso hay que sumar la cantidad de
casualidades en cada capítulo.
Donde la historia de plano se cae es en lo verosímil. La
cremación express de Soledad es el ejemplo perfecto. Una mujer declarada muerta
llega a la funeraria, está a punto de ser cremada en cuestión de horas, alguien
nota que respira y todo se arregla con un soborno y una urna con piedras. Nadie
pidió ver el cuerpo, ningún médico revisó nada, nadie se preguntó por qué la
cremaron tan rápido.
Del escenario al altar político
La fragmentada Cristina vive tres telenovelas en cinco
capítulos: la muchacha que sueña con ser cantante, la víctima de abuso que huye
creyendo que mató a un hombre, y la esposa de un político millonario con un
matrimonio en ruinas. Livia Brito está bien en su papel. Se mueve con
soltura entre la ingenua del pueblo y la señora de sociedad que exige el
divorcio, aunque el libreto no le da mucho margen para matizar.
Ariel pasa por los mismos conflictos estilo Montecristo:
el sacrificio, el encierro, el duelo y el descubrimiento de la conspiración. Gonzalo
García Vivanco le echa ganas, especialmente en las escenas del duelo por su
madre y en el momento de romper la urna. Todavía falta ver si le da al
personaje el colmillo que exige la venganza.
Al Arsenio de Josh Gutiérrez lo odiamos desde el
inicio, no nomás por su frondosa cabellera. Mata a un hombre, deja que otro
pague por él, abandona a la mamá del chivo expiatorio, compra a los de la
funeraria y se casa con la novia del preso. Si la intención era construir un
villano detestable, misión cumplida.
Marcelo Córdoba no tiene oportunidad de lucirse. Su
Malaquías es el operador de los trabajos sucios de Johnny (Guillermo García
Cantú) y hasta ahora solo sirve para dar recados, hacer tratos y escuchar
órdenes.
La telenovela tiene prisa por deshacerse de sus actores. En
solo cinco capítulos murieron los personajes de Alberto Casanova
(Leandro), Jorge Ortín (don Gaspar, el padre de Cristina) y Gerardo
Murguía (Pablo). El caso de Murguía duele más, porque Pablo apenas empezaba
a destapar la verdad sobre su hijo Arsenio.
Nada nuevo en Marjorie de Sousa, que hace a la viuda
vengativa con el repertorio de siempre de la villana de Televisa.
Tampoco en Guillermo García Cantú, quien ya tiene a Johnny en piloto
automático, ni en el resto del elenco.
Cámaras al servicio del melodrama
En producción, destaca el manejo de cámaras. Los
acercamientos en los momentos de máxima tensión, los planos que siguen a los
personajes en las escenas de huida y la forma de encuadrar las confrontaciones
realzan el melodrama sin caer en lo exagerado. Es la parte de la telenovela que
mejor sabe lo que está contando.
En conjunto, Infinito Amor está bien para el horario
de las 6:30. Es una historia que no exige mucho y cumple con la dosis diaria de
lágrimas y villanía. Eso sí, si los escritores no frenan la multiplicación de
subtramas, el circo puede acabar comiéndose al Conde.
Lo bueno
· Ritmo ágil y entretenido
· Livia Brito y Gonzalo García Vivanco cumplen
· Un villano que se hace odiar desde el primer día
· El manejo de cámaras realza el melodrama
Lo malo
· Tono demasiado cirquero
· Exceso de subtramas
· Casualidades a granel
· Otra vez El Conde de Montecristo
· Escenas inverosímiles
· Nada nuevo en la mayoría del elenco


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